Hermosa tarde de fútbol. Triste jornada de tribuna. El candado que le pusieron a los hinchas en la popular se lo abrieron para la Comisión Directiva, para el ex tesorero de Fernando Miele y Rafael Savino, Pascual Paladino, y para varios agentes de la seccional 44, la misma que está implicada en la muerte de Ramón Aramayo en un caso todavía impune. Ellos ocuparon el sector que pertenece a La Gloriosa hinchada de San Lorenzo. Dale que va…
En el codito, nosotros, los periodistas partidarios. Nos sentamos, incómodos por cierto. Escalones bajos para apoyar el culo en asientos sin respaldos. Las rodillas que se acercan a la pera. Enfrente, recto a nosotros, la platea Norte de Vélez. Con ella, la provocación de siempre. Un hombre que peinaba canas, que habrá sufrido a su hijo hacerse de San Lorenzo cuando en el 82 contagiamos la niñez velezana, nos hacía gestos.
Empezó el partido. No había ideas ni actitud. En un intento de aliento, desde enfrente se escuchaba algo así como “con estos putos no jugamos nunca más”. Pensábamos que el partido iba a ser sin público visitante y no a puertas cerradas. Seguramente la familia velezana estuvo en el Rosedal de Palermo, festejando el día de la primavera. Porque los pocos que fueron, sólo provocaron y agredieron como lo hicieron con Maximiliano Berardo, del Equipo Desafío.
El último campeón se mostraba superior. El sector derecho de la defensa azulgrana era un colador. Nosotros que la veíamos venir. Uno que quería que termine sin goles la primera parte. Otro que firmaba el empate. Los twitteros que nos acompañaron con sus apreciaciones. Llegó el gol de Augusto Fernández y el famoso ¡la puta que lo parió! ¡Qué mufa tenemos!
Nos levantamos, estiramos las piernas. “¡Cuidado, ahí Meza, cerrá pibe! Ahhh.” Y los corazones que latían cada vez con más fuerzas mientras las miradas, perdidas como el equipo, buscaban explicaciones en medio de la resignación. “Menos mal que hoy Migliore atajó bien, eh”. Claro, sacó un remate de Papa que podía haber cambiado la historia.
Entretiempo. Sin un puesto para tomar algo. Gargantas secas sin un sorbo de tranquilidad. Vamos al baño. Cruce con algún que otro dirigente. Hablemos de fútbol. Ahí ya no hay rangos ni nada. Somos todos hinchas que sufrimos lo mismo. Echamos culpas en sus responsabilidades. Pero nada podíamos hacer.
Uno que criticaba al Turco. Otro lo defendía. Lo mismo con Romagnoli, lo mismo con Bottinelli. Me pudro. Me voy al alambrado para verlo de ahí. El cana que no me deja. Otra vez a la silla eléctrica. Arrancó la segunda parte y la actitud del equipo cambió. Gran culpa del cambio por los chicos Ramírez, Pacheco y González. Gran partido de Kalisnki que nos dio el empate. Sí, lo gritamos, ¡cómo que no!
Algún que otro policía sorprendido nos miraba. Los plateistas nos miraban. Nos amenazaban. Sólo queríamos ver a San Lorenzo. No tenemos rencores con ustedes. No los odiamos. No nos interesa participar del plan Gámez. No somos clásico de ustedes, ¿ok?
Después de los abrazos y la descarga contenida, nos sentamos de nuevo. Más relajados. “Che, a ver si empezamos a cantar un poco”, dice alguno. Ellos estaban mudos. No esperaban la igualdad K ni una definición en ballotage que quedará en el recuerdo de todos.
Pero todavía falta. Empezaron los cantos. El colega Mario Benigni, muy bien acompañado, se animó con algún grito de furia. Héctor Aznar, de la peña de González Catán, también. Después otro, y otro. Empezamos a aplaudir y con un tímido, pero sentido “y San Lorenzo, San Lore…. Y San Lore y San Lore….” sorprendimos a Migliore. El arquero se dio vuelta al escuchar el aliento. Hizo un leve gesto como que sigamos, que aumentemos el volumen de las gargantas.
Empezaron las filmaciones ocultas. En verdad, los periodistas no podemos cantar. “Uh, ahora se vendrá un derecho de admisión”, dijo uno. Estábamos jugados. Ante tanta injusticia, era un grito en el desierto. El hincha pesó más. Queríamos ganar como sea. Ellos estaban empezando a confeccionar la segunda parte del Silencio Atroz. No es un 8M el 21S. Obvio, pero el contexto de esta injusticia nos hizo recordad un poco aquella noche sagrada.
El tiempo se consumía. Estábamos en el descuento. Vélez tiene la última y en una polémica acción, contra mortal de Juan Manuel Salgueiro. Corrió y corrió el uruguayo. Nos pusimos todos de pie. “Dale, dale, pateá la puta que te parió. No, no… ¿qué hizo?”. De repente el futbolista enfila al festejo. Algo blanco se pega en la red. “Go… goooo… ¡Gooooooooool!”.
Éramos no más de 60. Somos grandes, ni así nos conocemos todos. Nos abrazamos con el más cercano. Festejo furioso, descargado ante la mirada de los plateistas que ni reacción tuvieron justamente para reaccionar. Por suerte terminó. Casi ni sacaron del medio. Se ganó de una manera inmejorable. Ni un 3 a 0 hubiese sido tan efectivo en lo anímico.
Continuaron los abrazos. Bajamos y empezaron las piedras desde la platea. La policía que nos retiene unos minutos. Parecía que querían que todos salgan juntos. Finalmente abrieron los responsables de la tragedia del 20 de marzo.
Hermosa tarde de fútbol. Triste jornada de tribuna. Enrique Santos Discépolos, quien explica a la perfección lo que es el hincha, seguramente sintió la misma sensación que nosotros: lo horrible de vivirlo sin gente. Nunca más.
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