Ya pasaron 180 minutos y quedó demostrado que el camino será difícil. Allá y acá. A San Lorenzo, inclusive, le costará más que a otros, producto de la propia carga que el club lleva con este estigma llamado Copa Libertadores de América.
Algunos consideran que para ganar la Copa, el Ciclón debe jugarla seguido. Hay muchos casos que señalan lo contrario. ¿Cuántas veces la jugó Once Caldas? ¿O el mismo Argentinos Juniors? ¿La Liga Universitaria de Quito? Ninguno tenía esa “mística copera” que se tira en la mesa de café.
Sucede que San Lorenzo se auto presiona. Amén que no la juega seguido, cada vez que participa, se obsesiona tal baja el canto de las tribunas. Se obliga a ganarla porque el medio futbolístico se lo impone, como si la historia y el propio club dependen de este logro deportivo. Se instala un monstruo que nace de la propia gente, fogoneada por canales de comunicación y chicanas de otros cuadros.
Por eso fueron sabias las palabras de Edgardo Bauza apenas terminó el partido de ayer: “Hay que alejarse de la ansiedad de la gente”. San Lorenzo, que hace 18 meses casi se va al descenso (y eso hubiese sido el principio de lo peor), resurgió, se acomodó y se coronó campeón. ¿No es momento de disfrutar que el equipo azulgrana juega la Copa Libertadores? Algunos plateístas deberían entenderlo así, y no esperar ganarla para silenciar a otros que enrostran lo que es un decorado de vitrinas al lado de la inmensa historia del club.
No habrá partido fácil en este torneo continental. Ñuls goleó a un histórico como Nacional y sin embargo ganó su segundo partido en sus últimas 14 presentaciones. Y hoy para muchos parece el San Pablo de Telé Santana. Ni una cosa ni la otra. San Lorenzo tiene que disfrutar de la Libertadores. Debe tomarla con la seriedad que implica, pero no enfermarse por ella. Y así, la podrá conquistar.
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